
Por Héctor Brondo (*)
El episodio de la desaparición y posterior hallazgo de Esmeralda Marisa Pereyra López expone, una vez más, la tensión social que generan este tipo de hechos en comunidades no tan pobladas, donde el impacto emocional se amplifica rápidamente. Sin embargo, en medio de la incertidumbre y la angustia colectiva, el dato central -y el más relevante- es que el objetivo primordial se cumplió: la niña, de dos años, fue encontrada con vida.
El grato desenlace no sólo llevó alivio a su familia, sino también a una sociedad que siguió el caso con preocupación creciente.
No obstante, el hecho deja interrogantes significativos. Que el predio donde apareció ya hubiera sido previamente rastrillado por la Policía abre cuestionamientos sobre la eficacia de los operativos iniciales y la coordinación de los recursos desplegados. Este punto es crucial, ya que la confianza pública en las instituciones depende en gran medida de la percepción de profesionalismo y rigurosidad en situaciones críticas.
¿Qué ocurrió?
Asimismo, los allanamientos en un circo y el secuestro de celulares y vehículos reflejan una línea investigativa que, aunque aún no determina responsabilidades, evidencia la necesidad de agotar todas las hipótesis. La aclaración de que los integrantes de la comunidad circense “no están descartados, pero no son sospechosos” intenta equilibrar la prudencia judicial con la presión social por respuestas inmediatas.
En este contexto, la Justicia y las fuerzas de seguridad enfrentan un desafío clave: reconstruir con precisión qué ocurrió. No sólo para establecer eventuales responsabilidades, sino también para desactivar rumores y sospechas que, en escenarios de alta sensibilidad social, pueden derivar en estigmatizaciones o conflictos innecesarios.
(*) Periodista y editor de Punilla a Diario.





