Una joya serrana con historia y misterio, busca nuevos dueños

La majestuosa mansión conocida como Castillo de Mandl, en La Cumbre, combina legado europeo, diseño art déco y privilegiadas vistas serranas.
El Castillo de Mandl atesora una historia cargada de memoria, misterio y valor simbólico.

La escena parece salida de una novela centroeuropea, pero ocurre en el mercado inmobiliario cordobés. Un aviso clasificado, discreto en apariencia, sacudió el tablero en el epílogo del 2025: la histórica y legendaria residencia conocida como Castillo de Mandl, fue puesta en venta y volvió a instalar su nombre en la conversación pública. La razón: no se trata de un inmueble más, sino de una pieza singular del patrimonio serrano, cargada de memoria, misterio y valor simbólico.

La repercusión fue inmediata. Operadores del sector, potenciales inversores y curiosos comenzaron a indagar sobre la propiedad, atraídos por su rareza y su historia. Aún no se sabe si la propiedad cambió de dueños.

Elegancia europea, alma serrana

Enclavado en La Cumbre, al noroeste de la ciudad de Córdoba, el castillo domina el paisaje de las Sierras de Córdoba con una presencia que mezcla elegancia europea y espíritu serrano. Desde su emplazamiento privilegiado, rodeado de vegetación autóctona y panorámicas abiertas, la construcción ofrece esa sensación de retiro que sedujo a generaciones de visitantes.

El origen del castillo remite a Fritz Mandl, empresario austríaco ligado a la industria armamentista y protagonista de una biografía atravesada por controversias y episodios de la política internacional. Radicado en Argentina en los años 40, Mandl eligió este rincón de Punilla para reformar una residencia de descanso construida en 1920 por el cirujano rosarino Bartolomé Vasallo, inspirada en la arquitectura centroeuropea. Con el paso del tiempo, el lugar quedó envuelto en relatos de glamour, intrigas y vida social, alimentando una leyenda que todavía resuena.

Puertas adentro, la mansión conserva un sello estético definido por el art déco. Parte de su mobiliario fue provisto por la casa Comte de Buenos Aires y seleccionado por el diseñador francés Jean Michel Frank, cuya impronta minimalista se expresa en líneas depuradas, materiales nobles y una atmósfera austera pero cálida. Cada ambiente parece dialogar con la historia, sin estridencias ni excesos.

Entre los espacios más destacados sobresale el gran comedor, presidido por una mesa redonda para 18 comensales, escenario de encuentros memorables.

La decisión de vender el castillo abrió interrogantes sobre su futuro, pero también volvió a poner en valor una construcción que trasciende lo inmobiliario.

Más que una propiedad, el Castillo de Mandl es un símbolo de La Cumbre: un fragmento de historia suspendido entre las sierras, ahora a la espera de nuevos dueños y de un destino que esté a la altura de su leyenda.

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