Soledad, Luna llena y leyenda en Cosquín

Bajo una lluvia por momentos torrencial y la complicidad de la Luna llena, Soledad Pastorutti celebró 30 años en Cosquín, uniendo memoria, folklore y fervor popular.

Por Héctor Brondo (*)

En una noche que parecía escrita por los dioses del folklore, Soledad Pastorutti celebró los 30 años de su debut en Cosquín con una actuación épica, memorable. Bajo una lluvia persistente y un plenilunio cómplice, la plaza Próspero Molina se convirtió en un santuario popular donde el tiempo se dobló sobre sí mismo.

Como en un acto de realismo mágico, Soledad descendió desde la Luna -esa que la alumbró desde sus primeros pasos- para comulgar con su gente. No fue solo un recital: fue un ritual. Cada zamba, cada chacarera, cada grito visceral salió del escenario Atahualpa Yupanqui como una invocación colectiva. Y el pueblo respondió, conjurando el temporal con un amor infinito hacia el Huracán de Arequito, ese fenómeno artístico y humano que desde hace tres décadas sacude la música popular.

La noche tuvo además el peso sagrado de la memoria. Se recordó la primera aparición de Mercedes Sosa en ese mismo escenario, de la mano valiente y generosa de Jorge Cafrune, como si la voz inmensa de la Negra hubiese vuelto a recorrer la plaza entre la lluvia y los aplausos. No fue un recuerdo nostálgico, sino una afirmación: el folklore vive porque se transmite, porque se hereda y se transforma.

Soledad, heredera y creadora a la vez, cantó con la fuerza de quien sabe de dónde viene y hacia dónde va. Su voz, madura y encendida, abrazó a generaciones enteras. En esa madrugada lunar y mojada, Cosquín confirmó que hay artistas que no pasan: se vuelven leyenda. Y Soledad Pastorutti, sin dudas, ya lo es.

(*) Periodista y editor de Punilla a Diario.

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