
Por Héctor Brondo (*)
El reciente bombardeo letal coordinado por Estados Unidos e Israel contra Irán no es sólo un episodio bélico más en la crónica fatigada de la decadencia mundial. Es, sobre todo, la confirmación y el robustecimiento de una deriva. Cuando la mayor potencia militar del planeta y su principal aliado comercial e ideológico en el incandescente Medio Oriente descargan su poder armamentístico sobre la república islámica más poblada de la región, dueña de la mayor reserva global de gas y de la cuarta de petróleo, la escena adquiere un espesor simbólico escalofriante. Al mismo tiempo, crece la sensación de que el destino de la humanidad pareciera estar en manos de líderes mesiánicos, convencidos de su propio mandato divino.

La violencia a escala superlativa se naturaliza con la misma pasmosa facilidad que la concentración obscena de la riqueza y la expansión de la pobreza en todas las latitudes. Se aceptan las cifras de muertos civiles como se aceptan las apuestas en los casinos on line. Todo parece formar parte de un orden mundial inevitable. En este escenario global decadente, la democracia se vacía de contenido sin solución de continuidad. Los encumbrados por el sistema envilecido ejercen el poder a su antojo, más allá de la ideología y/o la fe que declaren profesar. Las constituciones pierden gravitación; los caprichos de quienes gobiernan prevalecen sobre la ley.
Bastardeo de las palabras
También se bastardean las palabras. Se invoca “modernización” para nombrar regresiones; “oportunidades” para disfrazar sometimientos; “derechos” para encubrir abusos. Reina la intolerancia y la empatía se vuelve tan excepcional -y tan amenazada- como los pandas. Lo colectivo deviene sospechoso. El bien común, los derechos humanos, la equidad y la justicia son tratados como vestigios de una ingenuidad superada.
¿Qué nos queda entonces? Tal vez la sobria resistencia de la conciencia crítica, la defensa obstinada de la ley y la palabra honesta, y la convicción -a contramano del cinismo reinante- de que la dignidad no es una reliquia oxidada sino un desafío permanente.
(*) Periodista. Editor de Punilla a Diario.









