
Por Héctor Brondo (*)
La 66° edición del Festival Nacional de Folklore de Cosquín vuelve a erigirse como un verdadero milagro colectivo, un acto de resistencia cultural y de rebeldía amorosa en un momento histórico en el que el Gobierno Nacional le da la espalda a la cultura y reniega de las raíces profundas de nuestra tradición. En tiempos de ajuste, silencios y desprecio por lo simbólico, Cosquín persiste, canta y baila, recordándonos que la identidad no se negocia ni se rinde.

Las Nueve Lunas de Cosquín, celebradas cada enero en la mítica Plaza Próspero Molina, no son sólo un festival: son una experiencia integral que convoca a todo un pueblo a reconocerse en su música, en sus danzas y en su memoria. Bajo el escenario Atahualpa Yupanqui -nombre que honra al máximo referente del folklore argentino- desfilan generaciones enteras de artistas consagrados y nuevos valores que encuentran allí el espacio definitivo para decir quiénes somos.
Faro y semillero
Desde aquella primera edición de 1961, nacida del impulso comunitario de vecinos y vecinas que soñaron con promover el turismo y la economía local, Cosquín ha sido faro y semillero del cancionero popular argentino. El Pre Cosquín, con sus certámenes federales, reafirma esa vocación democrática y federal, permitiendo que cada provincia aporte su voz, su danza y su canción inédita al patrimonio común.
“Cosquín empieza a cantar”, dice su himno, y en esa frase se condensa una verdad profunda: cuando Cosquín canta, canta la Argentina entera. En cada copla sembrada durante nueve noches, en cada guitarra encendida, se afirma un triunfo de paz, de libertad y de encuentro. Por eso Cosquín no es solo el festival más importante del folklore argentino: es una brújula cultural que señala el camino que, como pueblo, no debemos abandonar.
(*) Periodista y editor de Punilla a Diario.









