
Por Héctor Brondo (*)
La escena que ofrece hoy el Congreso (muros adentro y en sus alrededores) no es apenas un síntoma de la profunda crisis política: es su radiografía más descarnada. El deterioro del debate público, reducido a consignas vacías, agravios previsibles y una alarmante pobreza conceptual, confirma que la representación institucional atraviesa uno de sus momentos más raquíticos desde el retorno democrático. No se trata de diferencias ideológicas -que son saludables- sino de la incapacidad de construir argumentos, acuerdos mínimos y, sobre todo, responsabilidad frente a la gravedad del contexto.

Mientras tanto, la distancia entre la dirigencia y la realidad cotidiana se ensancha y enturbia. Afuera del recinto, los indicadores económicos describen un cuadro preocupante: inflación persistente, salarios en retroceso, actividad industrial en caída libre y un mercado interno anémico y en constante retracción. La suma de estos factores erosiona la cohesión social y multiplica la incertidumbre, especialmente entre quienes dependen del trabajo formal y de un entramado productivo que muestra señales inequívocas de fatiga.
Opacidad
El discurso anticasta que supo canalizar el hartazgo ciudadano enarbolado por La Libertad Avanza parece haber mutado en una versión más cruda de aquello que prometía erradicar. La percepción de opacidad, la falta de controles efectivos y la indiferencia frente a denuncias reiteradas y evidencias de corrupción alimentan la desconfianza pública. En paralelo, la Justicia aparece ausente y la política, atrapada en su lógica de facciones, exhibe una preocupante tendencia a la amnesia selectiva.
La idea de dinamitar el Estado, presentada como gesto refundacional por Javier Milei, termina revelando un riesgo mayor: debilitar funciones esenciales sin que emerja una alternativa que garantice eficiencia, equidad y previsibilidad. El resultado es un doble daño, que alcanza tanto a lo público como al sector privado.
Si el presente luce desolador, el desafío es evitar que la resignación se vuelva norma. Recuperar la calidad institucional no es un slogan: es una tarea urgente y colectiva.
(*) Periodista. Editor de Punilla a Diario.









