El Foro Económico Mundial de Davos volvió como cada año a concentrar miradas, discursos y agendas globales, en un contexto donde la atención es un bien escaso. En ese escenario sobresalió la intervención del primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunciada el 20 de enero. Su relevancia no radicó solo en las definiciones políticas y económicas planteadas, sino en la arquitectura del mensaje. Carney construyó un discurso pensado para ser escuchado, en un ámbito saturado de palabras. La eficacia estuvo en el cómo: ritmo, énfasis y claridad, claves para captar interés, fijar ideas y permanecer en la memoria colectiva global contemporánea.








